
Andrés Aparicio nació en Villarrasa (Huelva) en 1989. A los veintisiete años entra a estudiar Bellas Artes en la Universidad de Sevilla. En 2019 viaja a Palermo, donde descubre su ingenuidad y su espontaneidad, sus colores brillantes y contrastados, y donde se entrega a una libre interpretación de cuanto observa. Será en Palermo donde sus profesores lo apoden «Andrea Paricio», continuación pictórica de Andrea Di Marco, exponente de la Nueva Figuración Italiana, ambos caracterizados por un lenguaje lúdico que remite a una imaginería inspirada en la vida cotidiana y su fatal contraparte: el olvido, la caducidad, el desuso.
Siendo Andrés hijo de artesanos, su pintura tiene una fuerte conciencia del quehacer mismo. Esto se refleja en el vínculo de la mano y la cabeza, en el lazo de la tradición heredada y la capacidad para innovar, en el juego con sus límites. «Juego con la pintura como mi padre mide y trabaja la madera o como mi madre dibuja un patrón en una tela. Lo importante es construir entendiendo su contexto para que así lo creado cohabite al unísono».
En la propuesta Cinco minutos y vuelvo, Andrés muestra la importancia del contexto en su obra.
Genera caminos físicos que sitúan al espectador en la circunstancia adecuada para entender desde dónde y para qué crea el artista. Y juega con ella —con la obra— como las ciudades juegan con las señales. Es, pues, el espectador quien habrá de apropiarse de las señales para revelar el camino de vuelta a casa. En tal sentido, los propios signos carecen de importancia: es la senda que se abre con ellos lo que importa, y los recuerdos que se asientan en nuestra memoria.
El viaje a Palermo permitirá a Aparicio la contemplación casual de una gran lona roja, desplegada cada mañana por los trabajadores del mercado; una lona sin ninguna pretensión estética, pero de una profunda belleza involuntaria, que Aparicio pintará reiteradamente para preservarla y recordarla con el mayor detalle. Como una carta de amor a un recuerdo.
En una sociedad donde la vida de las cosas es volátil, las obras de Andrés nos ubican en un espacio árido, compuesto de múltiples locales cerrados —en alquiler— cerrados nuevamente. En este continuo ciclo de inhabitabilidad y vacío, el movimiento y la oferta no son sino apresuradas máscaras de la nada. Este estado de inquietud podría llevarnos hacia la sensación de la nada. Sin embargo, sorprendentemente, al final de la calle, se encuentra un viejo puesto que permanece abierto. En este rincón encontramos un rayo de esperanza al que aferrarnos y sentir que pertenecemos. Es un lugar en el que podemos estar y, en consecuencia, recordar.
Aurora González Díaz