
Una puerta se abre y permanece entreabierta, mientras que en su interior una luz sugiere vida, movimiento y construcciones desconocidas. El paso es estrecho y conduce, ideológicamente y mediante el engaño artístico, a Sevilla, concretamente a la Galería Birimbao, donde Andrés Aparicio Castellano instala una puerta cerrada, misteriosa y que no revela su contenido, pero que vuelve a convertirse en un contenedor de significado, mostrándonos su destino preciso.
Dos lugares, Birimbao y Parentesi e tonde, separados por tres mil cuatrocientos kilómetros, quedan conectados a través de un portal, mediante un intenso trabajo imaginativo de reconsideración y reprogramación del espacio.
Como si hubiera atravesado aquella puerta dejada entreabierta —metáfora de la conciencia de esos lugares en los que se ha estado y que han marcado de forma indeleble el material empírico de la vida de una persona—, el artista llega a Palermo para escenificar la construcción de un callejón deliberadamente familiar, que evoca rincones y visiones de una ciudad ya vista y conocida en sus detalles más íntimos.
Sin embargo, en realidad, esa ciudad no existe ni podría existir fuera del espacio expositivo.
En este paradójico y perfectamente funcional cortocircuito artístico, la realidad construida se carga de significados opresivos y, al mismo tiempo, relevantes, vinculados a la experiencia individual, con la intención de suscitar en el ánimo del espectador preguntas y dudas acerca de la importancia que atribuye a sus propias prácticas. Con este propósito, la pintura figurativa es puesta a prueba, reduciéndola a un pretexto deliberado para atraer la mirada y revelar escenarios y detalles que constituyen la capa más superficial de la ciudad, pero a través de los cuales es posible captar su identidad más poética, pura e inadvertida. Las características que distinguen los barrios y sus divisiones sociales quedan abolidas, encerrando la ciudad en la única y ejemplar huella que el artista extrae de ella, proyectando un desplazamiento de valores y haciendo que Palermo deje de ser el lugar donde se encuentra el espacio ficticio aquí expuesto para convertirse, en cambio, en una prolongación contenida dentro del dispositivo escénico. Una inversión de papeles que determina un continuo espacial, en el que el interior y el exterior del espacio expositivo permanecen en comunicación e intercambian constantemente su función principal.
Sin embargo, es la experiencia empírica de la ciudad y de los fenómenos que le pertenecen la que caracteriza de manera profunda y paradigmática el trabajo y la investigación del artista andaluz, quien, tras una primera residencia en la capital siciliana, narró los callejones y los muros de sus calles, descontextualizándolos del resto del tejido urbano, como si fueran palabras cuidadosamente escogidas del vocabulario de un poeta para expresar conceptos más elevados. Rincones seleccionados con esmero y narraciones verosímiles fueron el resultado de largos paseos que condujeron a un conocimiento profundo del lugar del que eran extraídos. Años después, Aparicio Castellano regresa a una ciudad que siente como propia, con la que consigue establecer un vínculo covalente y entrar en una sintonía sensible, sutil, pero extraordinariamente intensa, sin necesidad de secretos. Es el momento en que el regreso del artista se convierte en una vuelta más experimentada y consciente, fruto de una vivencia rica, con la que ha producido vistas de colores brillantes, capaces de hacer percibir los olores y las figuras de ese paisaje sonoro que las distingue.
Schietta o maritata, las dos maneras de comer el célebre bocadillo de bazo, perteneciente a la tradición culinaria palermitana, se convierten en metáforas tautológicas y fundamentales, desplazándose libremente desde conceptos relacionados con la unión y la vida conyugal hasta llegar al contacto con un estado de existencia individual, desde el cual se adquieren conocimientos nuevos y diferentes.
Durante su primera residencia en Palermo, el artista quedó fascinado por la figura de Rocky Basile, célebre e importante meusaro (vendedor especializado en el tradicional bocadillo de bazo) palermitano, quien se convertiría en una fuente de inspiración y estímulo artístico. Muchos años antes, Renato Guttuso había afirmado: «¡El bocadillo de Rocky vale un millón!», estableciendo así para el futuro la figura de Rocky, estrechamente ligada a Palermo y al histórico mercado de la Vucciria, como un punto de encuentro entre dos pintores alejados tanto artística como geográficamente.
Es de este modo, enérgico y meditado, como el artista andaluz lleva a cabo una revolución arquitectónica de los perímetros y los volúmenes, modelando una atmósfera visual e inmersiva con la que poner a prueba conceptos relacionados con el aprendizaje y la interpretación de la experiencia individual, subvirtiendo las reglas de la tradicional caja espacial en la que todo sucede dentro de unas coordenadas precisas y forjando un mecanismo de diálogo integral entre sus propias obras y el paisaje urbano.
Mario Bronzino