
El primer texto que sobrevivió a mi corrección del día siguiente, transformado en algo aceptable y donde no sentí que mintiese, fue uno en el que hablé del camino de la ciudad que más veces he recorrido en mi vida. Las manchas de humedad de la calle Sol, los adoquines de Enladrillada, o la pequeña joyería de Pasaje Mallol, quizá no representen una gran historia; sin embargo, creo que el relato que las contenía resistió, porque aunque sencillo y somero, era también honrado y veraz. No es raro, por tanto, que mis lecturas favoritas sean aquellas donde la densidad de un capítulo aparentemente intrascendente contrasta con la pureza y la fogosidad de una anécdota viva. Y resulta que estas historias minúsculas que tanto me gustan y que jamás olvido, ocurren siempre en el mismo lugar: en el espacio que hay entre cuadra y cuadra, entre calle y plaza, pavimento y albero.
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En Sevilla, en la Plaza de Doña Elvira, con un clima y un paisaje diametralmente opuestos a los del pueblo calmuco, escribieron parte de su genial disco, Flamenco Billy, Los Mártires del Compás.
Arthur Conan Doyle narraba en Rodney Stone cómo esperaban sus amigos sentados en los caminos a que pasase el coche de caballos que transportaba el correo para gritar e insultar al cochero que, continuando la broma, lanzaba a veces su látigo contra los críos.
Glosa, de Juan José Saer, es un libro maravilloso cuyo único escenario es la calle. Veintiuna cuadras de paseo entre dos amigos por la ciudad de Santa Fe.
Antiguamente, cuando un crimen era grotesco y desmesurado, el asesino era enterrado en plena calle, en el cruce de cuatro caminos, para que los ciudadanos de ese pueblo caminasen eternamente sobre su tumba.
Todas estas historias suceden desde hace siglos en los caminos que andamos, los senderos que cruzamos y las plazas en las que nos sentamos a beber, y esto es precisamente lo que trata de captar en su obra Andrés Aparicio: las incontables e invisibles anécdotas que, año tras año, desgastan la pintura de nuestras fachadas y pulen el suelo de nuestros adoquines.